Un relat femení de la pesta de Barcelona de 1589

Diverses relacions descriuen els efectes de la pesta de 1589 a Barcelona, escrits tan coneguts com el dietari del canonge Pere Joan Comes (1562-1621), les Rúbriques del notari Esteve Gilabert de Bruniquer (1561-1642) o la Geografia del jesuïta Pere Gil (1551-1622).[1] L’historiador Gabriel Beltran Larroya va afegir, a aquesta nòmina de testimonis coetanis, l’edició dels informes que feren de l’epidèmia dos carmelites descalços.[2] Darrerament hem aportat les notícies, contingudes en l’obituari del convent de Sant Josep de Barcelona, sobre les diferents onades de grans contagis que afectaren la ciutat de Barcelona en 1589, 1651 i 1821.[3]

Volem enriquir aquest repertori de textos amb una narració de la pesta escrita per una dona dins la clausura del monestir de les carmelites descalces de Barcelona. Tradicionalment desconegudes o infravalorades, les cròniques i biografies conventuals constitueixen una mirada de la historia en femení,[4] una aportació enriquidora que ens proporciona una perspectiva diferent i complementària dels relats que fins ara coneixíem, on el paper de la dona, com a espectadora i com a agent activa, era completament oblidat.

La cronista Leonor de la Misericordia, Ayanz Beaumont (1552-1620), redactà, en un projecte en què participaren diverses religioses de la comunitat, la biografia de Catalina de Cristo (1544-1594), la fundadora de les carmelites descalces de Barcelona, i circumstancialment en aquesta obra es recull la vivència intraconventual de la pesta. L’any següent a la fundació del monestir (1588),[5] la ciutat de Barcelona patí l’embat del contagi, que les monges visqueren recloses dins dels murs conventuals, sense ser directes testimonis de vista, però sí d’oïda: fins i tot podien escoltar els crits agònics i els plors de les famílies de les cases veïnes; situat el monestir enmig de la ciutat, al carrer de la Canuda, on s’havien traslladat del 25 de novembre de 1588, les notícies de l’exterior arribaven a través dels frares que anaven a fer-hi missa o per l’ermità que feia els encàrrecs.

Les monges patiren, com els altres ciutadans de la ciutat, l’angoixa del confinament, redoblat, ja que a la clausura voluntària s’afegí la suspensió de les visites al locutori o parlador, així com els intercanvis en el torn. La comunitat procurà superar la incertesa i la por al contagi, i distreure els pensaments feixucs amb labors de mans, les converses en les recreacions i els exercicis de pietat. S’adoptaren les mesures de desinfecció que es consideraven útils en aquella època: evitar el contacte amb possibles portadors de la malaltia, cobrir amb draps envinagrats les escletxes per on podia penetrar el contagi, i cremar herbes remeieres com el romaní per tal de purificar l’aire.

El convent es proveí d’allò necessari per servar l’aïllament de l’exterior: aliments i llenya; els manteniments que anaven mancant els obtenia, d’on podia, un servidor, fins i tot aconseguint-los de llars empestades. La ciutat de Barcelona tampoc no abandonà els convents femenins, conscients els consellers de la difícil situació de les dones recloses en aquella conjuntura, i feren arribar pans diàriament als monestirs; a més, el patró del convent, l’acabalat mercader Francesc de Granollacs, cuidà que res no manqués a les monges. Certament, tractant-se d’una comunitat de vida contemplativa i de clausura estricta, les monges no va prendre part activa i directa en l’atenció als empestats, encara que estaven ben presents en les seves pregàries i intencions; però hi contribuïren donant suport a la tasca assistencial dels frares josepets, procurant-los puntualment el recapte per alimentar aquells que diàriament s’enfrontaven a la malaltia i la mort, i fent arribar queviures als més necessitats.

El text comenta com, a l’inici de la malaltia, comunament es pensava que es tractava d’una passa més, però quan tothom es va adonar de l’extrem perill ja era massa tard, i el mal campava per tota la ciutat:

Comenzaron luego al verano grandes enfermedades. Aunque descubrían ser contagiosas, no se conoció que era peste hasta que el mal estuvo bien metido. Y fue bien repentino. Porque el día de San Juan tomó el velo la madre Estefanía de la Concepción, y se halló en él lo bueno de la ciudad; y para la fiesta de la Visitación de Nuestra Señora tomaron el hábito dos hermanas legas que teníamos –que eran las que trujo nuestra Madre de Pamplona y la que tenía consigo la madre Estefanía– y aún no estava determinado ni conocido que el mal era la peste, y en quatro días se dieron tanta prisa a salir que nos decían que no se topaba persona por las calles.

Lo primero que hizo nuestra Madre fue cerrar la portería, y al tornillo de la sacristía y confesionario poner unos paños mojados en vinagre. Procuró proveerse de las cosas más necesarias. Quien más nos ayudó entonces y después acá, fue Francisco Granollacs,[6] que es el caballero que hemos dicho que ofreció en esta fundación cien ducados cada año. Hale movido Nuestro Señor tanto por la afición que cobró a nuestra Madre, que no sólo nos da esos, mas realmente nos sustenta, y se ha encargado de toda esta casa, y así la va haciendo, y con ánimo de acabarla y hacernos iglesia […].

Habíamos proveído de leña, como lo hace cada año, y así desto se halló proveída nuestra Madre. Padecieron en este año de mil y quinientos y ochenta y nueve, en el tiempo de la peste, mucho trabajo en todos los monasterios de monjas, no hallando quién les dijeses misa y administrase los Sacramentos. En éste nos hizo Dios a nosotras misericordia por nuestra Madre, que sólo un día dejamos de tener misa en todo este tiempo, que nuestros padres nos la dijeron siempre y acudieron con tanta caridad que, aunque no tuvieron sino dos misas, nos decían la una, y mucho tiempo dijo el padre Juan de Jesús[7] dos misas al día.

Era Retor el padre fray Domingo de la Presentación.[8] Tenía dados dos religiosos sacerdotes para confesar y asistir en las casas a donde sacaban los apestados. El uno murió luego de peste; el otro, aunque se hirió, curó y ayudó en aquel ministerio todo el tiempo que duró la peste, con otro que envió el padre Retor. Sin éstos, acá en la ciudad confesaban otros a los apestados, y éstos tenían una casilla junto al convento, y los que en aquel convento se herían pasábanlos aquí.

Uno de los que pidieron licencia para salir a los apestados fue el hermano fray Vicente [de la Anunciación],[9] diciendo que, ya que no podía confesar, ayudaría en lo que pudiese y serviría a los padres que confesaban. Pagóle Dios presto su hervor y caridad, porque luego se hirió y murió como un santo. De todos los conventos de religiosos salieron algunos a confesar por la ciudad: hasta los Capuchinos, con no confesar en otro tiempo, en éste lo hicieron.

En los monasterios de monjas se tuvo a mucho que no murió ninguna de la peste. Mas en el nuestro fue mayor la maravilla de Dios, porque sabiendo la ciudad nuestra pobreza, nos proveyeron cada día de algunos panes; algunas veces acaecía dejarlos en casa de algunos vecinos –por hallar la iglesia cerrada– y ser gente apestada, y los comíamos.

Tenía nuestra Madre para el servicio del convento un siervo de Dios ermitaño, y de tanta caridad que no dejaba de acudir a todas las necesidades que podía. A éste le parecía que nos moríamos de hambre, y buscaba quanto podía haber –pan, verduras, pescado, y otras cosas–, sin hacer caso que fuese de las casas de los apestados (aunque con nosotras disimuló entonces): hasta las candelillas de los que comulgaban nos traía, diciendo que eran de los cereros. Este siervo de Dios avisaba a nuestra Madre de algunos religiosos y pobres que padecían enfermedades, sin haber quién les hiciese regalo, y ella por su mano les hacía algunos, y él los llevaba.

Nuestros padres vinieron a tiempo que no tenían quién les aderezase de comer, y traían el recado para que nosotras les guisásemos de comer, y no hubo día que nuestra Madre no anduviese en ello, y por su mano no aderezase algo, particularmente para los heridos de la peste, acordándose del tiempo que en su mocedad les había servido, y ya que no podía aquello, empleábase en esto con tanto fervor y caridad que encendía en las hermanas deseos de hacer algo por Dios.

Entonces sacamos della muchas particularidades de las que tenemos escritas acerca de la peste de Madrigal. Rodeónos tanto nuestra casa que ya de las celdas oíamos los gemidos de los que se morían, y fueron hartos; hasta una casa que tenemos pegada a la nuestra se murió el amo della, oyéndole a él y los llantos de su casa, como si no hubiera pared en medio.

Por evitar nuestra Madre el miedo que nos podía causar, nos hacía entretener en todo lo que podía. Hacíanos estar juntas con nuestras labores, y ella la hacía y se bordaron entonces unas frontaleras de raso carmesí, que por su mano echó casi lo que hay de sedas, que por este respecto la estimábamos en mucho. Hacíanos tomar de quando en quando atriaca. Comulgábamos casi cada día, y de allí aun rato, juntas nos hacía tomar sendos bocados, y a las noches, en un patio que tenemos hacía quemar mucho romero, que no sólo servía para defendernos de los aires malos, mas también para entretenernos un rato. Hacíanos hacer ordinarias procesiones, con hartas mortificaciones, y sin lo que se añadía de penitencias, Rezábamos juntas en el coro muchos oficios de difuntos por los que morían, y letanías, y la recomendación del alma continuamente; y desta gustaba mucho nuestra Madre por hacerle lástima los muchos que se morían sin tener quién se la dijese.

Duró lo fuerte de la peste hasta octubre. En noviembre tenían ya confianza en el pueblo que cesaba la peste, más nuestra Madre no mostró tanta confianza, antes dijo que por el Nacimiento del Niño Jesús se aplacaría su Eterno Padre. Y fue así, que totalmente cesó con la Pasqua de Navidad. Murieron más de veinte mil personas. Después de pasada la peste nos dijo nuestra Madre que en todo el tiempo que duró había padecido terribles dolores en todas las partes que se hacían las landres, y que eran tan vehementes que algunas veces se tentó los brazos pensando que ya las tenía, y por no darnos miedo nunca nos lo dijo.[10]

Dones atenent malalts

Algunes de les monges catalanes del convent havien viscut l’anterior gran malaltia infecciosa que havia patit Barcelona, l’any 1580, que els contemporanis anomenaren el “gran catharro”.[11] La priora en aquells moments, Catalina de Cristo, per no atemorir encara més les seves monges en aquells dies, ocultà el malestar patit en aquells mesos, reflex hipocondríac de la vivència que havia tingut de la pesta en la seva jovenesa. La prelada havia referit a les seves esporuguides religioses les seves experiències, quan l’any 1570 la pesta assolà la seva vila natal, Madrigal de las Altas Torres, a Castella. Catalina i la seva germana María (que finalment sucumbí a la malaltia) decidiren enfrontar-se a la seva família i no fugir del l’amenaça del contagi, sinó restar al poble i, de forma autònoma i voluntària, ajudar els nombrosos malalts de la rodalia en totes les seves necessitats, procurant-los socors material i recapte; maldant perquè els sacerdots que defugien els ferits de contagi els donessin assistència espiritual; i practicant amb les seves pròpies mans les cures als empestats, com s’explica en la biografia escrita per Leonor de la Misericordia:

A fin destos nueve meses sucedió en Madrigal una de las más furiosas pestes que en otro lugar de su tamaño se vio en Castilla, porque casi quedó asolado, así por los muchos que murieron, como por los que salieron huyendo. Comenzó por poco y fuese publicando hasta que se vio lo que era. Contólo a nuestra Madre su hermana, y determinaron ambas sacrificarse a Dios en tal ocasión, y quedar en aquel lugar para ayudar en lo que pudiesen a las necesidades que se ofrecerían. Sus deudos queríanlas llevar consigo, mas no pudo acabar con ellas, sino que los desengañaron que primero morirían […] el mal fue creciendo. Comenzaron ellas a visitar algunas personas necesitadas y heridas dél. Hacían las curas y traíanles confesor que les diesen los Sacramentos. […] Andaban solas por las calles y casas, informándose de las necesidades de todo […].

Un día después de haber visitado a muchos por el lugar, se salió al campo, a donde sacaban muchos de los apestados, porque le habían dicho que habían echado del lugar a una pobre hortelana: temió no se muriese sin socorro. Iba sola, hacía gran sol. Pasando por unas casillas viejas, sintió de lejos unos gemidos mortales que le lastimaron el corazón. No sabía por donde ir a donde los oía, y siguiendo la voz comenzó a atravesar heredades. Topó con unas paredes de huertas. Encomendóse a Dios y comenzó a subir por ellas. Tenía gran cuerpo, y ágil, y bien lo hubo menester, porque le fue forzado saltar tres u quatro vexes paredes bien altas, que para cualquier hombre bastaran, mas el Amor grande de Dios le facilitaba cualquier dificultad. Vino a topar a la mujer echada sobre unas pajas. En viendo a nuestra Madre, con hartas lágrimas le mostró su mal. Díjonos que tenía todo el vientre cruzado con unos berdugos[12] tan verdes como una yel, y que eran quatro landres las que tenía, y nos afirmava que en su vida vio cosa más lastimosa, Túvola gran compasión, suplicó a Nuestro Señor la remediase, Hizo lo que con otros hacía, que era darles luego ayuda,[13] que llevaba consigo el recado para quando fuese necesario […].

No fue esta sola la que alcanzó salud de Nuestro Señor por medio de nuestra Madre, nuestra Madre, que otras muchas veces curaba abriéndoles los bertolos[14] o landres, aplicándoles otras veces en las hinchazones emplastos, y echábanles con sus manos las ayudas, y las había bien menester, que a veces los enfermos estaban tales que en ninguna cosa se podían ayudar.[15]

Aquest coratge femení està ben allunyat de l’estereotip de la monja apocada, però preludiava el tremp necessari en una fundadora per a vèncer tots els obstacles. I és que abans de professar en un convent, moltes dones ja s’havien dedicat activament a la caritat. En circumstàncies ordinàries, les beates de Barcelona practicaven les obres de misericòrdia espiritual (consolar, confortar) i corporal (alimentar i visitar malalts) amb els pacients ingressats a l’Hospital de la Santa Creu, com ho feren Estefania de la Concepció, Rocabertí (1530-1608), i la beata mallorquina Joana, la seva companya durant anys:

Octavo. No se olvidava doña Estefanía de los pobres porque cada semana, por los menos una o dos veses, en compañía de sor Joana yva al Ospital General de Barcelona, que estava muy sercano a su casa y visitava a los enfermos, espesialmente visitava las mugeres enfermas, llevándoles algunas veses de su casa algunos regalos, y consolándoles con santas palabras y buenas amonestasiones y avisos saludables, de lo qual quedavan en el qüerpo y en el spíritu ayudadas, y aunque doña Estefanía con el mal olor resebía algunas veses pena corporal, pero era su spíritu tan encendido en el amor de Dios y del próximo que en todo se mortificava y vencía, y de todo sacava para sí provecho interior y edificasión para el próximo.[16]

Aquesta activitat benèfica no només consistia en bones paraules i en repartir almoines, sinó que obligava a atendre físicament els malalts:

[…] y ella con la madre sor Juana, de buena memoria, andaban las dos al Hospital a servir los enfermos, llevándoles regalos para comer, y ellas mesmas les lavaban las manos y les hasían otros regalos de que tienen necesidad los enfermos, y ellas mesmas en persona las servían.[17]

L’atenció mèdica a la comunitat va ser dispensada, des de l’inici, per part del pare metge d’una de les primeres joves que ingressaren en el convent: Maria de Sant Josep (1569-1618), que vestí l’hàbit el 27 de novembre de 1588 i professà com a monja de cor el 23 de desembre de 1589. Maria era filla del doctor Jeroni Mediona, protometge de Catalunya, i de Lucrècia Bruguera, ciutadans de Barcelona. Mediona, natural de Figueres, havia estudiat medicina a Montpeller, fou canceller de la Universitat el 1595 i degà de l’estudi de medicina el 1603. Fou un dels metges que cuidà de la salut de la fundadora Caterina de Crist, i va ser comissionat pel Consell de Cent per examinar si el brot epidèmic declarat a Igualada era de la mateixa naturalesa que la pesta que assolava la ciutat comtal l’any 1589. La família materna de la monja, els Bruguera, també pertanyia a un llinatge mèdic: Onofre Bruguera (1544-1572), mestre en arts i medicina, fou un prestigiós metge i autor d’un tractat sobre una epidèmia catarral del 1562. Possiblement seria el doctor Mediona qui proporcionà la triaca que prenien les monges com a remei gairebé profilàctic. La triaca, o triaca magna, consistia en un antídot contra verins que s’usava antigament, compost d’un gran nombre d’ingredients i que es considerava una panacea universal contra moltes malalties diferents.[18]

El jesuïta Pere Gil, autor d’una detallada narració de la pestilència de 1589, valorà positivament, en aquesta crisi demogràfica, la responsabilitat de les autoritats municipals, l’atenció espiritual dispensada als malalts, la cristiana sepultura per a tots els difunts, la desaparició de la delinqüència, el manteniment de la taula de la ciutat i del proveïment alimentari. Gil, com altres autors eclesiàstics, relacionà la supervivència o no a la pesta amb el premi o el càstig diví de les accions humanes, i dedicà uns paràgrafs als esdeveniments als monestirs de religioses, en què atribuïa, en to moralitzant, els contagis que es produïren a l’abandó de la santa clausura:[19]

La 11ª. Algunas monjas (las quals gràcias al Senyor foren molt poques) que ab llicència de sos superiors, per temor de la pestilència, isqueren de sos monestirs passaren grans perills y treballs, y las més morirem. Permetent nostre Senyor, puys desamparaven la clausura, que·ls vinguessen treballs en abundància.

La 12ª. Las monjas que guardant clausura estigueren recullidas en sos monestirs, aparellant se per a morir, y pregant al Senyor hagués misericòrdia de la ciutat, foren totas tan ben guardadas, que en ningun monestir de monjas entrà la pestilencia; y ninguna de las que guardaren clausura en Barcelona ni fou ferida, ni morí de pestilencia. Fou esta cosa en Barcelona tinguda per miraculosa. Ab la qual se entengueren totas las monjas, quant ama Déu la clausura: y quant guarda lo celestial Espòs a las suas esposas, que aman y guardan la clausura.

La clausura i les altres mesures de prevenció del contagi que adoptà la comunitat de religioses resultaren ser eficaces, i cap monja s’encomanà de pesta, i així va ser també en els futurs episodis de malalties contagioses que patí la ciutat de Barcelona.

Notes

[1] José Luis BETRÁN MOYA, “La peste como problema historiográfico”, Manuscrits, 12 (gener 1994), p. 283-319.

[2] Gabriel BELTRAN LARROYA, Fuentes históricas de la provincia O.C.D. de San José (Cataluña y Baleares), Roma: Teresianum, 1986, p. 433-443 i 622-626.

[3] Mercè GRAS CASANOVAS, “Les epidèmies de Barcelona de 1589, 1651 i 1821 i el convent de Sant Josep”, Castell interior [web] (6/05/2020).

[4] Mercè GRAS CASANOVAS, “La memòria inèdita del Carmel descalç femení a la Corona d’Aragó: biografies i cròniques històriques”, Caplletra, 67 (Tardor 2019), p. 145-169.

[5] Mercè GRAS CASANOVAS, “Patronatge femení i fundació de convents. El convent de la Immaculada Concepció de Barcelona (1589)”, dins Blanca GARÍ (ed.), Redes femeninas de promoción espiritual en los Reinos Peninsulares (s. XIII-XVI), Roma: Ed. Viella, 2013, p. 251-265.

[6] Francesc Granollacs Pons pertanyia a una nissaga de mercaders originària de Vic.

[7] Joan de Jesús, Roca (Sanaüja, 1544 – Barcelona, 1614).

[8] Domingo de la Presentación, Foronda (Álava, 1553 – Barcelona, 1603).

[9] Aquest germà llec, Vicente de la Anunciación, Arguiñano (m. 1589), és esmentat en la relació sobre la pesta continguda en el llibre de difunts de Barcelona, on es diu que era navarrès i mig germà de fra Francisco de la Virgen, Arguiñano Vera (1570-1624).

[10] LEONOR DE LA MISERICORDIA, Relación de la vida de la venerable Catalina de Cristo, ed. crítica de Pedro Rodríguez e Ildefonso Adeva, Burgos: Monte Carmelo, 1995, p. 137-139.

[11] R. CAMAÑO; M. BARRIENDOS; F. FAUS, “El gran catharro de 1580 ¿gripe o pertussis?”, Asclepio, LVII/2 (2005), p. 45-58; J. IGLÉSIES, Pere Gil, S. I. (1551-1622) i la seva Geografia de Catalunya, Barcelona: Societat Catalana de Geografia; Institut d’Estudis Catalans, 2002, p. 293-294.

[12] Hematomes.

[13] Un ènema.

[14] Les vèrtoles eren els ganglis inflamats per la infecció.

[15] LEONOR DE LA MISERICORDIA, Relación…, p. 54-55.

[16] Arxiu de les carmelites descalces de Barcelona, Breve descripción de la vida exemplar y santa muerte de Doña Estefanía de Rocabertí, dicha la madre Estefanía de la Consepción, monja descalça de Nuestra Señora del Carmen, de Barcelona, compuesta por el Padre Pedro Gil, de la Compañía de Jesús, f. 31r-v. Mercè GRAS CASANOVAS, “Postil·les a la vida i obra de Pere Gil, S.I.”, dins IGLÉSIES, Pere Gil…, p. 317-319.

[17] Ibídem, f. 103r.

[18] Sobre els remeis emprats contra la pesta vegeu el treball de José Luis BETRÁN MOYA, Historia de las epidemias: en España y sus colonias (1348-1919), Madrid: La Esfera de los libros, 2006.

[19] IGLÉSIES, Pere Gil…, p. 300.

(Imatge destacada: Les obres de misericòrdia. Font: Wikipedia.)

[M. Mercè GRAS]

Un pensament sobre “Un relat femení de la pesta de Barcelona de 1589

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